Una mujer le pone rostro femenino al SIDA
Una ama de casa de 52 años fue la primera mujer que recibió un diagnóstico de SIDA en México. Tener relaciones sexuales con su marido sin condón fue su única conducta de riesgo. Desde ese año, 1985, el número de amas de casa con el mismo diagnóstico se ha elevado a 3 mil mujeres. Para muchas mexicanas el lecho conyugal es el sitio de mayor riesgo. Janet Nitch es uno de esos casos. Ella vive en Villahermosa, Tabasco, una pequeña ciudad tropical al sureste de México. Hasta 1992, su vida transcurrió tranquilamente y sin sobresaltos. Había cumplido el anhelo de muchas jovencitas del lugar: casarse con el hombre al que adoraba y formar una familia. Vivía en un ambiente seguro que la misma naturaleza parecía resguardar.
"Yo era casada, monógama, ama de casa. Vivía en una atmósfera donde una no puede percibir que algo malo suceda. Me sentía protegida por mi entorno; por eso el diagnóstico positivo fue un cambio terrible para mí". Al momento de la entrevista, Janet acababa de sobreponerse de una fuerte anemia, estuvo hospitalizada y te tuvieron que cambiar la terapia. Sin embargo, la fragilidad aparente de esta mujer de 27 años quien es madre de una niña y un niño, contrasta vigorosamente con la firmeza de ánimo que demuestra al hablar de su vida y de su trabajo.
Cada mañana muy temprano, antes de darle de desayunar a sus hijos y enviarlos a la escuela, toma las primeras pastillas 20 que debe ingerir al día, entre medicamentos antirretrovirales, antibióticos y fllácticos. :"Y si tuviera que tomar 50 para mantenerme viva, créeme que voy a tomar las 50 pastillas, porque mi principal terapia son mis hijos". Cada tres meses, Janet debe desplazarse a la Ciudad de México, ubicada en el centro del país, para atenderse en una clínica de SIDA de un hospital del Seguro Social. Como muchas mujeres infectadas por el VIH en México, se entero de su propia condición seropositiva casi por accidente cuando su marido fue hospitalizado de urgencia por una terrible neumonía en 1992. La muerte de su marido, a las dos semanas de su hospitalización, fue un duro golpe por partida triple para ella.
"Hasta ese momento me enteré que él era bisexual y que tenía una pareja gay. Su pareja ya sabía que él estaba infectado, pero a mí nunca me lo dijo por temor a hacerme daño". El drama que vivió Janet entonces, revela mucho de las condiciones opresivas que impone la moral social dominante a hombres y mujeres, sobre todo en las ciudades pequeñas y que se expresa muy bien en el dicho popular "pueblo chico, infierno grande". Ahora Janet, después de muchos años, lo entiende muy bien y puede referirse a ello sin rencores. "Cuando te dan un diagnóstico como ése te invaden sentimientos de culpa y te sientes mal contigo misma; sientes rabia, dolor, frustración.
Después de mi diagnóstico positivo, pasé tres meses de encierro, de pegarme de golpes, de preguntarme en qué había fallado como mujer y como ser humano. A mí no me dolía tanto el diagnóstico de VIH sino el engaño, eso me dolió más. He aprendido a vivir con el VIH con el engaño yo no sé vivir. "Ahora comprendo, luego de tantos años de estar involucrada en ésto, que no hay culpa alguna, que no se puede prohibir a nadie que ame. La falla aquí fue la ignorancia, el desconocer la existencia de un problema tan grave. El era un hombre muy cariñoso y apuesto, lograba todo lo que se proponía. Yo estaba locamente enamorada, totalmente enajenada, es el primer amor en el que lo depositas todo. Si hubiera sospechado la existencia del SIDA, quizás las cosas no hubieran terminado como terminaron, hubiéramos trabajado y luchado juntos".
Centro Universitario de Investigación Sobre SIDA
**Fuente: Revista Poz en Español
por: Cecilia Garcia


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